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La historia mexicana cuenta con sucesos extraordinarios que han moldeado la idiosincracia de nuestra nación.
La rebelión armada de 1910 es un evento que se manifiesta como el final de un ciclo, producto del gran abismo entre ricos y pobres acentuado durante el porfiriato.
Sólamente una revolución podía transformar las estructuras políticas y sociales de un país que no supo evolucionar gradualmente.
Esto posiblemente se derive por la ausencia de valores democráticos de una población fuertemente acostumbrada a prácticas paternalistas.

La muerte es inseparable de una revolución y, en la nuestra, aproximadamente un millón de mexicanos dieron su vida en una lucha con propósitos definidos que buscaban una mejor vida.
Honor y gloria a todos los que participaron en este gran reclamo social porque nos permitieron a muchos de nosotros recibir numerosos beneficios: vivienda, salud, seguridad social y educación.
Eso nos obliga a revalorar lo que la revolución mexicana significa: un movimiento histórico presente del que todos formamos parte.

Entregarse a una causa valiosa genera una manifestación de admiración y respeto.
Los hombres revolucionarios lo hicieron sin saber que con sus acciones contribuyeron en la edificación de las bases de convivencia social y política que prevalecen aún en nuestros días, aunque con algunas excepciones.
La plataforma de desarrollo social y control político quedo establecida a partir de este fenómeno social.
Enormes fueron los frutos revolucionarios que permitieron considerables beneficios para todos durante varias décadas.

Durante mucho tiempo, el discurso político fue revolucionario porque los postulados del partido en el poder emanaron de los principios de libertad, democracia y justicia social.
Ese tiempo ha quedado indiscutiblemente atrás porque en los nuevos tiempos otras metas son consideradas más urgentes: crecimiento económico sin que necesariamente implique desarrollo económico, menores niveles de desempleo, bajas tasas de inflación, fortalecimiento de los poderes judicial y legislativo, evolución política y más eficiencia administrativa.
Es decir, la lucha por un mejor país se ha institucionalizado.
El que en verdad ame a México tendrá que luchar através de los canales institucionales derivados de la revolución mexicana de principios de siglo.

Las pautas del desarrollo mexicano fueron establecidas por las necesidades emanadas de los reclamos revolucionarios.
Muchos de ellos lejos de cumplirse, otros olvidados y algunos vigentes.
Es justo reconocer a los hombres que lucharon en esa revolución que transformó las condiciones en las que crecimos y convivimos.
Demos gracias a todos ellos y que viva la revolución mexicana.